domingo, 22 de julio de 2012

Contra el desamparo. Perla Zelmanovich.

Las transformaciones que desde hace algunas décadas se vienen produciendo en las

relaciones entre generaciones han abierto el debate acerca del fin de la infancia.

Chicos
con apariencias, gestos y actitudes adultas, chicos que desafían cualquier autoridad, que

acceden a la misma información por medio de imágenes y lecturas que los adultos, que

trabajan junto a sus padres, que ponen en cuestión su propia condición de niños y, en ese

mismo movimiento, la condición del adulto como tal, hace vislumbrar una suerte de

borramiento de las fronteras. Chicos que despliegan una violencia que irrumpe muchas

veces incontrolable, que escupen en clase mientras la profesora explica, que insultan,

gritan, se pelean, que agreden y desafían a sus maestros, que se tornan "ineducables".

Pero leer en esas fronteras desdibujadas la desaparición de las mismas puede ser al

menos riesgoso, por la cuota de abandono de responsabilidades a la que puede arrastrar.

Resulta preferible, en todo caso, leer estos fenómenos como procesos de alteración de

las fronteras entre niños y adultos. Hablar de alteración y no de borramiento puede ayudar

a no olvidar que hablar de niño significa pensar en una subjetividad en vías de

constitución, que no está dada desde el vamos. Significa pensar en una subjetividad que

se constituye en el discurso de los adultos, que requiere de alguien que le acerque al niño

la lengua y la cultura, y que, al mismo tiempo, le ofrezca espacios de protección que le

posibiliten aprehenderla. Significa no llamarnos a engaño, no desconocer esa otra

vulnerabilidad, a veces disfrazada, que le es propia al niño por ser tal. Disfrazada bajo las

ropas de una prepotencia que esconde esa otra prepotencia de la desprotección.

Esta perspectiva, nos lleva a la necesidad de poner siempre por delante la vulnerabilidad

del niño, entendiendo que no es equiparable a la del adulto. Pensar esta condición

particular de vulnerabilidad en la infancia es reconocer que el aparato psíquico del sujeto

infantil está en constitución. Que requiere de ciertas condiciones para poder poner la

realidad en sus propios términos, para poder arreglárselas con ella, para poder soportarla.

Condiciones que le permitan poner distancia para ordenarla, para otorgarle sentido. Si hay

pura realidad, y más aún cuando ésta se presenta despiadada y no hay posibilidad de

significarla, se corre el riesgo de que la vulnerabilidad se imponga, que conmocione de tal
manera al sujeto que dificulte seriamente el ingreso de estos chicos desprovistos de un

adulto, en el universo de la cultura.

En este sentido, es posible sostener la idea de que a los adultos en las escuelas nos cabe

la función, la responsabilidad de preservar al niño ejerciendo, ejercitando, nuestro papel

de mediadores con la realidad, porque esa mediación opera como pantalla protectora.

Ejemplos elocuentes de esa mediación son la respuesta al pedido del cuento que hace el

niño antes de dormir, o el padre de La vida es bella, cuando inventa un juego que medie

entre su hijo y la realidad de los campos de concentración, o la señorita Alicia quien,

cuando llega M. de muy mal talante al aula de tercer grado y les pega e insulta a sus

compañeros, media poniéndole un límite al desborde, sin desentenderse del padecimiento

que sufre en su hogar con un padre desocupado y una madre que trabaja de la mañana a

la noche, pero ofreciéndole "ocasiones" de encontrarse con buena literatura, aunque al

comienzo siempre la rechace.

Para cualquier chico el juego, los diferentes mundos que la ficción les ofrece en películas,

relatos, textos, en los que se pueden vislumbrar las vicisitudes de otros niños, las letras,

los números, las maravillas de la ciencia, más aún si vienen de la mano de un adulto, son

un alimento indispensable. Tan indispensable como el plato de comida que muchos

vienen a buscar, y que merecen que les demos, aunque no hayamos sido llamados, en

principio, para cumplir esa función. Y en esa mediación armada con platos de comida, con

una oreja disponible, con historias de dioses, príncipes, princesas, números, trazos o

melodías va la asimetría que permite construir significados, poniendo distancia con una

realidad que irrumpe anárquica y descarnada. Distancia que posibilita construir narrativas

singulares en el marco protegido del juego sostenido por un adulto, en la institución

llamada escuela. Si ellos no pueden transcurrir por estos espacios de protección es difícil

que puedan aprehender la cultura, que es mucho más que el conocimiento pragmático o

el que se despliega en los contenidos curriculares. Tal vez nos frustremos si no aprenden

cuánto es 2 + 2. Pero si logramos llegar a ellos con un buen relato, si logramos encender

la chispa de su curiosidad, si logramos que puedan avizorar que hay otros mundos

posibles, sabremos que esos niños tendrán más chances de "crecer en la cultura", y tal

vez, así, conquistar el 2 +2.

Los adultos que habitamos las escuelas

"último bastión donde es posible demandar y

encontrar que esa es la ventanilla donde se puede recibir una respuesta", al decir de una

directora
* jugamos un rol estratégico como pasadores de la cultura, como mediadores.

Así como los chicos no pueden procurarse solos el alimento cuando nacen, tampoco

pueden procurarse solos los significados que, al tiempo que protegen, son un pasaporte a

la cultura.

Esto nos lleva a pensar que lo que se juega hoy entre un educador y un alumno, para que

se logre una transmisión, es el ofrecimiento de esas referencias, de esos significados que

le permitan construir su diferencia, que es su propia palabra. Y en ello va la asimetría, la

protección y el reconocimiento de la vulnerabilidad del niño. De allí la necesidad de

pensar y operar sobre las dificultades que tenemos hoy los adultos para sostener esa

asimetría frente a los chicos que constituye, en definitiva, el soporte de esa trama de

significados que ampara y que protege.




viernes, 13 de julio de 2012

Mujeres esmeradas y varones inteligentes. Morgade-Kaplan




MORGADE GRACIELA Y KAPLAN CARINA

“Mujeres  esmeradas y varones inteligentes: juicios escolares desde un enfoque de género





En este artículo se reflejan algunos  resultados del trabajo de  investigación sobre Mujer, ciencia  y Tecnología. Las  autoras advierten acerca de los modos de construcción de las relaciones, significaciones y representaciones sociales particulares del “ser  Mujer “y del  ser “varón” en  el ámbito educativo, que  se transfieren al orden social.



1-Con una mirada  puesta  en el enfoque de género y teniendo a la vista los datos de las  investigaciones  aportadas  por las  autoras ,desarrollan una explicación acerca  de las  dificultades  y preferencias en las  áreas  de matemáticas  y lengua  y sobre  la  construcción de las subjetividades varones y mujeres

Las  investigaciones  se realizaron en alumnos  de ambos  sexos de  escuela primaria y media. Cuando se  hablaba de  materias  preferidas  para  alumnos/as significaba hablar de matemáticas  ,especialmente para los varones.las preferencia s se  vinculan con el sector social de origen, en media ,las  chicas  prefieren matemáticas  ,quienes  provienen generalmente de sectores medio-alto y no así  en los sectores  bajos. La materia más  difícil para los varones  resulta Lengua, mientras  para la s mujeres  lo es Matemáticas. Las explicaciones s más  frecuentes  son: me cuesta, no se razonar me resulta difícil entender, es  decir vinculan con sus propias  limitaciones. Los  propios  niños y niñas construyen su complicidad con esta posición al atribuirle los fracasos escolares a su propia culpa, según Bourdieu tienen una alta probabilidad de convertir los limites que la escuela le va marcando en su trayectoria educativa, anticipación practica de los limites  objetivos, que los lleva  a excluirse  de aquello que ya está excluido. Son las  propias  clasificaciones  que ha hecho la  escuela  con los  niños –niñas  que el propio alumno-alumna  realiza  un ajuste y las percibe como suyas. Esto puede hacer que los alumnos/alumnas  rechacen lo que ya les está negado de antemano, con argumentos complacientes:”esto no es  para “mi”, es  “mi propia culpa”, etc. las  niñas  presentan esta justificación más  que los niños, en todos los  sectores  sociales. Las  mujeres  atribuyen  las  dificultades en matemáticas a factores  personales, los  varones le  atribuyen a  que  no estudian, nunca   ponen en duda  su capacidad  o habilidad.

La  capacidad  merece  ser  tenida  en consideración en términos de dialéctica entre  Biología y sociedades determinismo Biológico lleva  a reforzar prejuicios sociales, con  fuerte  acento político  respecto  a las minorías: mujeres, negros y/o  otras  razas: un fuerte prejuicio e s el del tamaño del cerebro del hombre y de la mujer (más  pequeño), por lo tanto  dicen “es  natural  que  el varón sea  más  inteligente que la mujer”. En el caso de las  mujeres  atribuyen  su poco rendimiento  en  Matemática  a  su escasa capacidad intelectual, que  no se observa, sin embargo,  en otras  materias. Los  varones son vagos  e  inteligentes, pero  si estudian  se  superan, en cambio  las  mujeres  deben esforzarse;  se  asocia, en las  mismas  escuelas  a los varones  como mejores  para las matemáticas, ya que “son  más  inteligentes, superiores”, les  gusta más. Enfatizan aspectos  en las  mujeres  como por ejemplo “se  portan mejor  en clase”, “estudian  más”, “son más  prolijas”, “se  esfuerzan más”.

En resumen: en las  mujeres  se  enfatiza  el esfuerzo, en los varones  se  señalan las  capacidades, la  inteligencia superior (escuelas  técnicas  van los  varones).

La  sociología  del curriculum estudia las  desigualdades  en la selección, distribución y jerarquización de  saberes  ,contenidos y materias que han sido establecidos  y valorados  socialmente,como reproducción  de  estas  diferencias  y desigualdades chicas y chicos  sólo hablan de  materias  como lengua  y matemáticas como si las  otras  no fueran importantes. En la  actualidad, por   suerte  no es tan fuerte  el prejuicio de  que los varones  son  quienes más elijen matemáticas  sino también lo hacen las  mujeres. Sin embargo, la inteligencia  naturalizada  como masculina aparece  claramente  en oposición al esfuerzo  de las mujeres. También se  asocia  el gusto  por  las  matemáticas  con  sectores  sociales, género  y raza: probablemente por el uso   que las  clases pobres  le  dan en la vida  cotidiana, si  el varón puede ,es inteligente y si el varón no puede  es  pobre….si la mujer puede es  por  su esfuerzo no por  su  inteligencia. Las  fronteras  entre  lo  inteligente y lo no  inteligente  también  es un   producto construido por la  sociedad.

Las  fronteras  de la  inteligencia y la no inteligencia pasan no sólo por un determinismo biológico sino también por las representaciones sociales que están implícitas  en las prácticas  educativas, así  en la calificación de la inteligencia, aún como acto individual aparentemente neutro del maestro o de otro profesional, no deja de ser un acto productivo de distinción social (Castorina-Kaplan) podríamos agregar y hasta discriminatorio.

Hacer aparecer  a las  diferencias  sociales como diferencias  individuales es parte de la eficacia simbólica de la construcción arbitraria del parámetro que separa lo normal de lo  patológico, de este modo las distinciones se presentan a la conciencia social cotidiana como variedades de la especie humana, como  si se tratara de  naturalezas humanas distintas-

La Lengua, es  otra  de las  materias  que  aparecen  como  centrales  en el curriculum escolar, denominadas   como el arte  del buen hablar, así  se  legitima  a este  como  el  diferente  al grosero  que utilizan los varones. El lenguaje escolar se presenta  como superior a otros, en  términos  de  jerarquías, como un recurso que permitiría la integración hasta la movilidad  social, como  un indicador de  capacidad intelectual e incluso de la apropiación de ciertos valores morales como la decencia y el refinamiento.En las  mujeres  este  refinamiento  se refuerza  para  que hablen mejor  que los varones, es   posible  que se adapten  mejor  a las  formas  correctas de expresión escolar, siendo  las mujeres  las  que  sienten mayor  presión  en el desarrollo  de  estas  habilidades. Tanto  en las  Matemáticas  como  en la Lengua tienen poco  que ver  con la  inteligencia. No  es  lo mismo  ser  alumno  que  ser  alumna, las alumnas  sienten  que  deben esforzarse  más.

¿Será  el costo  al que  deben enfrentarse  la s mujeres  por  haber ingresado  recientemente desde  una  mirada  histórica?

La  escuela  ha  reforzado la  distinción  de  que  los varones tienen más  instintos  para  pensar  que  para aprender, esto   del  instinto  refuerza  también la  idea  de  naturaleza, de   lo biológico y predeterminado  como la  inteligencia  en el varón  superior  a  la  de  la mujer, por  otra parte  el aprender  aparece  como  una  carga  institucional, ”solo  acontece en las  escuelas”, en la organización de la  sociedad  establecida  para enseñar.

 Está  demostrado  que  la  inteligencia  se  construye  con  estímulo, con  esfuerzo, con ejercicios  y desafíos. Es también producto de un trabajo, en  sentido  filosófico, la modificación del orden natural, de  la transformación de la naturaleza.

Esta  bipolaridad escolar de género que se  encuentra  en la relación conocimiento escolar y que sin duda  marca  las  subjetividades  de chicos  y chicas se  refuerza  por naturalización: los varones  por  naturaleza  son mas  inteligentes y, saben  más, les  resulta más  fácil; a las  niñas  por  naturaleza  no las acompaña; para   tener éxito en la  escuela  tienen que quebrar este  orden natural, esto   es  asumido  por  ellas, adhiriendo   sin  emitir  juicios  al respecto, está  establecido  inconscientemente  que  es  así.

De  este  modo, los  alumnos  entran  en  complicidad con un mundo  escolar que se disfraza  de natural y sensato pero  que  no es otra  cosa  que  desigual y dividido.

Pareciera  que  el  “esfuerzo” y la  “dedicación” son contradictoriamente” un modo  de  adaptación y al mismo tiempo de  resistencia de las  mujeres para permanecer al mundo escolar y hostil. La  cultura  del  esfuerzo  se  prolonga  en las mujeres  en el mundo  del trabajo. Otra  de  las  cosas  relevantes   reside  en  que  los  alumnos  asocian  el aprender  con el  mundo  escolar, como  si sólo allí  se  aprendiera, como si solo  allí  aconteciera.



2- La  autora  realiza a una propuesta  para superar la  educación no sexista: dice  que  en primer lugar hay que  cuestionar las  significaciones  hegemónicas en torno a lo femenino y lo masculino, germen  de todas la discriminación sexual. Promover en la s escuelas la crítica  al régimen de  género. Por otra parte, desnaturalizar las concepciones sobre  inteligencia. La inteligencia, al igual  que  el  esfuerzo son producciones sociales y culturales y, por lo tanto, posibles  de la  intervención pedagógica, también trabajar en la  formación docente para quebrar la jerarquía de la forma sobre  el  contenido que suelen guiar la  evaluación de las producciones  femeninas.

Promover la crítica a los sesgos  sexistas en las  expectativas de  esmero, prolijidad, buena  conducta y en la ponderación de la presentación personal ,que  aún  se  califica  en los boletines .

Por  último  y  tal vez  la  más  utópica ,construir espacios en los que  el rendimiento dependa  antes del trabajo que del prejuicio y donde el aprender dependa  necesariamente del pensar.

"No tener maestro, es no tener a quien preguntar...." María Zambrano

La mediación del maestro (1).
María Zambrano

No es posible desde hace ya largo tiempo poner en duda que la cultura de occidente se encuentre, en medio de tantos esplendores, en una honda crisis. No es posible tampoco desconocer desde hace algún tiempo que esta crisis sea la de la mediación en todas sus formas. Son ellos, en gran parte, mas en grado eminente, los mediadores mismos, quienes en forma cada vez más clara lo exponen, lo publican. La vida, no es necesario decir social, pues que la vida humana lo es de raíz y aún la vida sin más, necesita congénitamente de mediación. La vida, ella, en sus albores es ya una propuesta y una profecía de mediación, mediadora entre la materia no viva y todas las formas vivas que se suceden manifiestamente y aún aquellas otras no reveladas aún. Sin que quepa el separar al pensamiento de la vida, pues que toda vida es forma o la persigue: toda vida y la vida toda. La crisis pues, no puede ser sino la crisis de una forma, de una de esas formas de las que depende la suerte de la forma misma de la cultura o de la unidad histórica en cuestión. La crisis, ésta y cualquiera habida antes, no puede serlo verdaderamente sino de la mediación. Tenía por tanto que llegarnos este estallido que, en el largo proceso de la crisis, sólo desde hace poco se produce; de que sean las aulas y el maestro, que con su presencia hace que el aula sea un lugar vacío, quien aparezca en crisis, como si fuera su protagonista o como si fuera lo que en ellas sucede; el último fondo, el insoslayable, el sin remedio, el que justifica el que alguien diga –y muchos los gritan-: “¿Ven, ven cómo la continuidad de esta sociedad, de esta tradición de vida, de esta cultura, ya no es posible?”.Creen, se creen las nuevas generaciones ser los delatores de la crisis cuando ya sobre ella se había escrito tanto, pensado hasta el virtuosismo, tras minuciosos análisis que parecía agotado ya el tema, es decir, que comenzaba a creerse que en vez de insistirse sobre ella, había que recoger el resultado de tanto pensamiento analítico en una especie de olvido fecundo, en un cierto estado de inocencia, de “docta inocencia” para que germinara la síntesis. La síntesis en todos los aspectos: el puramente intelectual, el de las formas y estilos de vida, la síntesis que es la libertad misma en concreto. Y este “descubrimiento” de la crisis es lo que primero sorprende; en verdad, lo único que sorprende de la actitud de las novísimas generaciones. ¿Cómo ignoran la multitud y diversidad de denuncias y de diagnósticos, la “pasión” en suma del pensamiento y de las personas que tan inmediatamente ofrecen la historia y aún lo que todavía no es historia cuajada? El repudio de la tradición parece envolver también a todo ello. Sólo algunos filósofos, de algunos ideólogos, de algunos críticos sobrenadan el océano de la repulsa con que los jóvenes, al menos los que en nombre de la juventud se expresan, quieren anegarla toda entera. Y esto si, en el repertorio de la vida estudiantil, y más específicamente universitaria, aparece como un hecho peculiar de esta crisis. Ciertamente que un nuevo poder desde el primer tercio de este siglo se venía haciendo sentir, el poder estudiantil, el poder de la juventud universitaria. En algunos países por esos años –en algunos que les parecía increíble a los jóvenes de ahora- el tal “poder estudiantil” fue en ocasiones decisivo. Les sería muy fácil a los estudiantes “contestadores” el averiguar, el reunir noticias de este hecho. Es justamente la historia, incluida la que pudiera ser la suya específicamente, lo que más rechazan. Justamente la historia. Comenzar a vivir de nuevo, sin mediación del tiempo. ¿Qué hacer si es maestro, cómo mantenerse simplemente en su lugar? Allá sobre la tarima, ¿cómo subir a la cátedra? La mediación del maestro se muestra ya en el simple estar en el aula: ha de subir a la cátedra para mirar desde ella, hacia abajo y ver las frentes de sus alumnos todas levantadas hacia él, para recibir sus miradas desde sus rostros que son una interrogación, una pausa que acusa el silencio de sus palabras, en espera y en exigencia de que suene la palabra del maestro, “ahora, ya que te damos nuestra presencia –y para un joven su presencia vale todo- danos tu palabra”. Y aún, “tu palabra con tu presencia, la palabra de tu presencia o tu presencia hecha palabra a ver si corresponde a nuestro silencio – y el silencio es algo absoluto- y que tu gesto corresponda igualmente a nuestra quietud –la quietud esforzada como la de un pájaro que se detiene al borde de una ventana. Pues que todo ello –siente el maestro al recibir la mirada y al sentir la presencia del alumno- en todo ello va su sacrificio, el sacrificio de nuestra juventud. Y así, el maestro, bien inolvidable le resulta a quien ejerció ese ministerio, calla por un momento antes de empezar la clase, un momento que puede ser terrible, en que es pasivo, en que es él quien recibe en silencio y en quietud para aflorar con humilde audacia, ofreciendo presencia y palabra, aceptando comparecer él igualmente en sacrificio, rompiendo el silencio, sintiéndose medio, juzgado –implacablemente y sin apelación, remitiéndose pues a ese juicio, a algo por encima de las dos partes que cumplen el sacrificio que tiene lugar desde que las ha habido en un aula, al término inacabable de su mediación. Podría medirse quizás la autenticidad de un maestro por ese instante de silencio que precede a su palabra, por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla en activo y aún por el imperceptible temblor que le sacude. Sin ellos, el maestro no llega a serlo por grande que sea su ciencia. Pues que ello anuncia el sacrificio, la entrega. Y todo depende de lo que suceda en ese instante que abre la clase cada día. De que en ese enfrentarse de maestros y alumnos no se produzca la dimisión de ninguna de las partes. De que el maestro no dimita arrastrado por el vértigo que acomete cuando se está solo, en un plano más alto, del silencio del aula. Y de no que se defienda tampoco del vértigo abroquelándose en la autoridad establecida. La dimisión arrastrará al maestro a querer situarse en el mismo plano del discípulo, a la falacidad de ser uno entre ellos, a protegerse refugiándose en una pseudo camaradería. Y la reacción defensiva le conduce a darse por ya hecho lo que de hacerse ha. Pues que una lección ha de darse en estado naciente. Se trata de la transmisión oral del conocimiento de un doble despertar, de una confluencia del saber y del no-saber –todavía. Y esto doblemente, pues que la pregunta del discípulo, esa que lleva grabada en su frente, se ha de manifestar y hacerse clara a él mismo. Pues que el alumno comienza a serlo cuando se le revela la pregunta dentro agazapada, a la pregunta que es, al ser formulada, el inicio del desertar de la madurez, la expresión misma de la libertad. No tener maestro es no tener a quién preguntar y más hondamente todavía, no tener ante quién preguntarse. Quedar encerrado dentro del laberinto primario que es la mente de todo hombre originariamente: quedar encerrado como el Minotauro, desbordante de ímpetu sin salida. La presencia del maestro que no ha dimitido –ni contradimitido- señala un punto, el único hacia el cual la atención se dispara. El alumno se yergue. Y es ese segundo instante, cuando el maestro, con su quietud, ha de entregarle lo que parece imposible de, ha de transmitirle, antes que un saber, un tiempo; un espacio de tiempo, un camino de tiempo. El maestro ha de llegar. Como el autor, para dar tiempo y luz, los elementos esenciales de toda mediación.Y ese tiempo que se abre como desde un centro común, el que se derrama por el aula envolviendo a maestro y discípulos, un tiempo naciente, que surge allí mismo, como un día que nace. Un tiempo vibrante y calmo; un despertar sin sobresaltos. Y es el maestro sin duda el que lo hace surgir, haciendo sentir al alumno que tiene todo el tiempo para descubrir y para irse descubriendo, liberándolo de la ignorancia densa donde la pregunta se agazapa, de ese temor inicial que encadena la atención; el temor que dispara la violencia. Pues toda ignorancia tiende a liberarse en la agresividad, la del Minotauro en su oscuro laberinto. Toda vida está en principio aprisionada, enredada en su propio ímpetu. Y el maestro ha de ser quien abra la posibilidad, la realidad de otro modo de vida, la de verdad. Una conversación es lo más justo que sea llamada la actitud del maestro. La oscuridad. La inicial resistencia del que irrumpe en las aulas, se torna en atención. La pregunta comienza a desplegarse. La ignorancia despierta es ya inteligencia en acto. Y el maestro ha dejado de sentir el vértigo de la distancia y ese desierto de la cátedra como todos, pródigo en tentaciones. Ignorancia y saber circular, se despiertan igualmente por parte del maestro y del alumno, que sólo entonces comienza a ser discípulo
. Nace el diálogo.

Citas:
1 Estos textos de la filósofa española María Zambrano son inéditos, publicados por primera vez en este número de El Cardo. Agradecemos a Jorge Larrosa el habernos cedido éstos para su aparición en El Cardo.

sábado, 30 de junio de 2012

Fröebel, muchos regalos y pocos cuadernos. Sección Cuchitril: cosas y lugares / por Daniel Brailovsky

Sección Cuchitril: cosas y lugares / por Daniel Brailovsky
Fröebel, muchos regalos y pocos cuadernos
“El propósito de la educación es animar y dirigir al hombre como consciente, pensando y percibiendo, siendo de una manera tal que él haga una representación pura y perfecta de esa ley interna divina con su propia opción personal; la educación debe demostrarle las maneras y los significados de lograr esa meta”.
F. Fröebel
Cuando hablamos de la educación “tradicional”, “conservadora” o “clásica” y de las contrapartes pedagógicas “nuevas”, “progresistas”, “innovadoras” o “disruptivas” la discusión puede llegar a dos lugares muy conocidos: la forma-clase (o sea, el maestro adelante hablando y mostrando, los alumnos sentados atendiendo, tomando notas y realizando consignas) y la idea de juego. Las ideas de “clase” y “juego”, podríamos decir, están en el centro de un dilema pedagógico fundamental, que no es sólo un debate metodológico: son ideas que traen los resabios de una interesante contienda entre modelos educativos que, bajo distintas denominaciones, ha atravesado la historia de la pedagogía. Y a Federico Fröebel le ha tocado encabezar uno de los bandos, pues se le reconoce nada menos que la paternidad del kindergarten, cuna de la pedagogía lúdica.
Hay que decir, claro, que Fröebel – por haber vivido a comienzos del siglo XIX – no había leído mucha psicología constructivista que digamos, con lo que no contaba con una teoría nítida acerca de la relación del sujeto con el conocimiento que, al formular el rol activo del que aprende, permitiera construir argumentos superadores respecto de la educación como pura transmisión o comunicación unidireccional de contenidos. Por otro lado (y por el mismo motivo) en su biblioteca no abundaban los libros de pedagogías críticas que lo ayudaran a pensar cómo la educación no es neutral, naturalmente justa ni reductible a un método científico. Entonces para Fröebel no era evidente que la educación está atravesada por relaciones de poder e ideologías o que sin necesariamente proponérselo puede reproducir las desigualdades y las injusticias de la sociedad.
Listo: ya nos sacudimos los anacronismos de encima. ¿Para qué? Para poder hablar de las proclamas “renovadoras” que dirigen sus críticas a los modelos llamados “tradicionales” y que oponen alternativas que genéricamente se asocian a lo lúdico, basadas éstas sí en toda una biblioteca constructivista y escolanovista, y que aunque pueden haber tomado a Fröebel como símbolo de las pedagogías lúdicas, poco tuvo todo esto que ver con los modos en que él pensó sus propuestas educativas. De todos modos, una pedagogía “nueva” promueve la automotivación, el placer, la espontaneidad, el movimiento y la actividad, el uso de la imaginación, la organización del acto educativo a partir del desafío: todos elementos propios del mundo lúdico (1), y Fröebel, bueno, aceptémoslo, dejó a disposición de las generaciones futuras algunas semillitas de todo eso…
Fröebel: más allá (y más acá) de los cuadernos
Empecemos por un poco de biografía aburrida. Quien no lo soporte tiene permiso para pasar de largo estos párrafos, por supuesto.
Augusto Guillermo Federico Fröebel (¿por qué para hablar de alguien “biográficamente” decimos siempre su nombre completísimo?) vivió los primeros albores, apenas incipientes, del ideal pansófico que Comenius ideara en el siglo anterior. Como docente en Frankfurt y en Yverdon (donde trabajó junto a Pestalozzi) fue un crítico de sus tiempos, aunque en un sentido no tan parecido al que hoy otorgamos a ese término. Es considerado el gran precursor de los jardines de infantes y se elogian sus aportes fundamentales en materia de educación y juego (aunque ya enseguida me ocuparé de seguir echando un poco de agua en ese brasero). En 1816 fundó en Griesheim el Instituto Universal de la Educación Alemana, que luego, reubicado en Kelhau, sentaría las bases de la famosa experiencia de Turingia de 1837: el Kindergarten, ‘jardín de los niños’. Aún hoy en los jardines de infantes y en las carreras de formación docente se rinde tributo a Fröebel como el precursor central del nivel inicial de enseñanza, junto a otros referentes como María Montessori, las hermanas Rosa y Carolina Agazzi y Ovidio Decroly.
Fröebel centró su propuesta de enseñanza en juegos y ocupaciones que consisten, básicamente en el uso, no digamos exploratorio (ya que constituiría un anacronismo, nuevamente) pero sí relativamente libre (1) [1], de materiales concretos. Una muestra que sirve de primer pantallazo es un fragmento del prólogo a la edición de 1896 de un libro de la baronesa Barenholtz-Buhlow (presidenta del club de fans de Fröebel) donde Juan García Burón relata su visita a un jardín de infantes Fröebeliano:
“hace cerca de 20 años, allá en mis mocedades, visité uno de esos jardines, y nunca olvidaré la impresión que causó en mi ánimo ver a aquella colmena de niños constituidos en obreros. Todos trabajaban llenos de alegría. Allá, un grupo edificando con trozos de madera en forma de cubo (…) Aquí, otros ocupados en las formas geométricas valiéndose de palillos, o bien descubriendo y contando prismas. Allá, por medio de una bola y un hilo, describiendo toda clase formas, desde la recta hasta el espiral. Acullá, entrelazando papelillos de colores y formando con ellos numerosas curiosidades. Más acá, los niños encantados por el dibujo y las formas de barro modeladas por sus propias manecitas” (en Barenholtz-Buhlow, 1896:iv)
Los objetos descriptos remiten a materiales inspirados en las propuestas de Fröebel. Aunque dirigida a la educación del hombre en todas las edades, su obra pasó a la historia como un aporte a la educación infantil. Veremos enseguida cómo sus rasgos transgresores respecto del orden escolar tradicional en alguna medida explican este confinamiento. Los argumentos explícitos a favor de esa especificación, sin embargo, irán por otro lado. Para Barenholtz-Buhlow los niños de esa bella colmena estaban seriamente amenazados por la mala selección de materiales con los que jugaban. ¿Por qué darles un “montón informe de juguetes sin la menor significación”?, decía. Y argumentaba que “la percepción clara y ordenada es resultado del buen orden exterior, [y] así como no es posible al hombre abarcar con una mirada todos los innumerables objetos de una exposición industrial, el ojo poco práctico del infante no puede distinguir los objetos unos de otros en el conjunto de sus juguetes, algunas veces rotos o sin forma, por los cuales generalmente adquiere sus primeros conocimientos (…)” (ob.cit.:76).
Ya, digámoslo de una vez: el niño necesita objetos simples que contengan la esencia de las cosas. Vale acordarse a esta altura, por qué no, de la aspiración pansófica de Comenius de enseñar a todos los hombres “los fundamentos de todas las cosas”. Y bien, desde la perspectiva de Fröebel los rudimentos de todo podrían hallarse en algunos objetos bien diseñados, a imagen y semejanza de la creación divina.
Una difundida fábula biográfica, cierta o no (yo mucho no me la creo), habla de un Fröebel niño construyendo una copia a escala de la iglesia gótica de su aldea, de la que su padre era párroco, y señala ese episodio como el origen de su convicción acerca de que los niños necesitan objetos adecuados para que su juego realice una función instructiva y, sobre todo, formativa.
Regalos para los niños
En su obra más difundida, La educación del hombre (1826), Fröebel revela el motor de sus intentos por construir un método pedagógico basado en los objetos. La reunión del mundo material, que se presenta caótico y desordenado, en un material que lo simplifique y muestre su esencial perfección, es la finalidad de los materiales Fröebelianos: los materiales de juego que se ofrecerán a los niños, sintetizan de algún modo la creación de Dios.
Lo que ha inmortalizado a Fröebel en el mundo de la educación infantil son justamente sus “dones”, también llamados “regalos” (gifts). No porque representen la totalidad de su pensamiento pedagógico, que ha excedido lo escolar y que atravesó por diferentes etapas, sino porque es el material que lo representó en el discurso pedagógico posterior. La propia historia del discurso pedagógico ha tendido a escoger a los dones como referentes del trabajo de Fröebel. Así, los dones Fröebelianos son – por motivos más discursivos que históricos – una parte significativa de esta propuesta pedagógica que ha dejado su huella en la escuela.
Los dones son un conjunto de materiales, casi todos de madera, que partiendo de la esfera (el don Nro. 1) van pasando por una serie de formas básicas inspiradas en las formas del mundo. Fröebel tuvo un período de gran fascinación respecto de la esfera como símbolo de la reunión de lo material con lo divino. Suerte de símbolo universal, la esfera simbolizaba para él cierta esencia que no debía estar ausente en los dones. El primer don, de hecho, consiste en una serie de esferas coloreadas con los tonos del espectro de luz: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta, en ese orden.
Vera Peñaloza (1894) describe los dones minuciosamente. El 1er. Don está formado por una cajita que contiene seis pelotitas forradas por un tejido de lana, de color rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul y violeta, correspondientes en tonalidad a los del espectro solar. “Hay una idea de unidad en la esfera”, afirma, “concebida como un símbolo de unión en todo lo creado”. Y agrega:
Este simbolismo tiene hoy su explicación científica en la interdependencia en que están unidos todos los fenómenos de orden físico, biológico y social que afectan la vida del hombre en el planeta en que habita de modo que así considerado fue como la voz de alerta dada por el gran pedagogo de que se presentasen al niño (…) todos los conocimientos humanos (Ibíd.)
Los dones siguientes, hasta el sexto, son llamados “juegos de construcción”. Se basan en una progresiva subdivisión del cubo, que luego llegará a ser representado en sus caras, sus aristas y sus vértices por láminas de madera, palitos y granos. El diseño es muy cuidado y las prescripciones de su fabricación y uso, muy específicas. El 5to. Don, por ejemplo, es descrito como “un cubo dividido en tres partes iguales en las tres direcciones. Este, entonces, tiene 27 cubitos, cada uno de los cuales es igual al los del tercer don. De estos cubitos pequeños hay tres divididos por la diagonal de una de las caras, y otros tres divididos por las dos diagonales. Por estos cortes, el material que contiene es el siguiente: 21 cubitos enteros, seis prismas de base triangular iguales a la mitad de un cubito, 12 prismas de base triangular, iguales en volumen a la cuarta parte de un cubito.” (Vera Peñaloza, Ibíd.) (2). Como para no marearse.

Don fröebeliano número 2.
F: Biblioteca Margarita Ravioli, ISPEI S.E. Eccleston
En la pedagogía comeniana clásica (recordemos que a Comenius se le atribuye haber concebido la propia lógica de las formas escolares) la actividad y los lugares en el aula estaban definidos por objetos que circunscribían la voz, la escritura, la moral y la razón de maestro y alumnos: digamos que si Fröebel es el padre del jardín de infantes, Comenius sería el padre de la forma-clase. En la propuesta de Fröebel, en cambio, los objetos se centran en la relación del niño con un universo idealizado que busca ser representado por los materiales.
Relativamente lejos de la didáctica tal como la entendemos en la actualidad, el plan de Fröebel era formativo más que instructivo, y tal vez por ello se sitúa entre el niño y el mundo, reservando para el maestro un lugar de guía edificante y moralizante, pero también cauto y algo lateral. La organización de la escuela y los lugares del aula vendrán a redefinirse, inspirados en el trabajo de Fröebel, recién un siglo después de la muerte del pedagogo, cuando la educación infantil defina y consolide unos espacios del aula tangencialmente diferentes a los tradicionales.
La estructura de presentación de la tarea educativa de Fröebel, tal como se desprende del análisis de los dones, sugiere una lógica muy diferente a los términos en que Comenius había “conformado” la escuela moderna. Aunque el espacio conserva su finalidad moral y cognitiva (porque disciplina y enseña), e introduce organizadamente al alumno en la virtud y en la capacidad de distinguir entre las formas del mundo, la tarea de maestro y alumnos aparece acompasada no ya por la escritura y la corrección, sino por una actividad entendida como “natural” del niño, el juego, que busca de algún modo aprovecharse y disciplinarse. Pero no ya mediante la varilla de castigos, tan eficaz en el aula tradicional de la época, sino por medio de un material lúdico que imprime un orden y una dirección a esa actividad natural.
Se podría aventurar la hipótesis de que esta propuesta tuvo éxito en la educación infantil porque sólo allí era justificable la ausencia de la escritura como eje ordenador de la actividad. Es más: también se podría aventurar la hipótesis de que las ideas transformadoras de la escuela nueva que fueron escritas tiempo después, también tuvieron éxito en el nivel inicial porque alberga a niños pre-alfabetizados a los que es mucho más difícil disciplinar en prácticas escolares tradicionales. El lugar secundario de la escritura como ordenador de la actividad y los rasgos propios de los niños pequeños atenúan significativamente la crudeza de las tensiones entre la forma-clase y las promesas de una pedagogía lúdica. En la escuela primaria, en cambio, y especialmente después del primer período de los alumnos en la misma, la preeminencia del modelo genérico ya no puede ser desafiada tan abiertamente, y sólo se admiten algunas variaciones al mismo (3). En otras palabras, quizás algo maliciosas: la escuela moderna nos ha dejado ser verdaderamente revolucionarios sólo en aquellos lugares donde la revolución no molesta a nadie.
Hay que decir de todos modos que el uso efectivo y actual de las propuestas lúdicas en las aulas infantiles (y en otros ámbitos) asume un desafío mucho mayor, que halla en las ideas de Fröebel un antecedente insoslayable. El giro de reemplazar la lectura y la escritura por un material cargado de significados para los niños es estructuralmente brillante, y marca una referencia importantísima en el mundo de los debates pedagógicos.
Pedagogos de hoy mirando a Fröebel
Cristina Fritzsche, reconocida autora (junto a Hebe San Martín de Duprat) del clásico Fundamentos y Estructura del Jardín de Infantes (1968) relata en una entrevista que
“en esa época [los años 50’] se trabajaba mucho con Fröebel, Montessori y Decroly adaptados. Se daba “la clase de Fröebel”, por ejemplo, por medio de los dones. Esto significaba dar el material a los niños, una serie de piezas que estaban numeradas (primer don, segundo don, etc.) y que tenían forma de pelotitas, de pequeños cubos de distintos tamaños, había también palitos, una suerte de semillas, etc. y dirigir una actividad con estos materiales. Estaba sumamente pautado qué y cómo debía hacerse con estos materiales, y la sensación si uno miraba esa escena era la de que la maestra estaba “dando una clase” (Brailovsky, 2005).
Más adelante, agrega, se seguirían utilizando “distintos tipos de ladrillitos, y bloques, pero con otro significado, pues con la organización de la sala en rincones y todo lo nuevo que vendría después, estas prácticas cambiarían muchísimo” (Ibíd.). Es decir que se reconoce en el uso concreto de los dones una persistencia del dispositivo-clase en contra de la cual se edificarían en los años 60’ las nuevas tendencias pedagógicas del nivel inicial, y que atravesarían a los materiales (en muchos casos muy parecidos a los de Fröebel) de un arsenal conceptual diferente.
En Fröebel, como en Comenius, la estructura de la actividad está garantizada por la presencia de objetos. Los dones unifican la actividad y le dan forma. Todos los niños a la vez, usan el mismo don. La maestra conoce las canciones y rimas que deben utilizarse con cada material y guía el juego de los niños: de allí lo de un uso “relativamente libre” del material.
Los objetos tradicionales de la clase apuntan al saber (libros, cuadernos, pizarrones) y a la disciplina (varillas que castigan, pupitres que inmovilizan). En los dones de Fröebel, el saber se impone con la autoridad que le confiere su diseño: representar al mundo. Y hallan su legitimidad en un creador supremo, no ya en un autor, un método o una doctrina pedagógica. En Dios, ni más ni menos. En cuanto a las consideraciones sobre la disciplina, en los textos de Fröebel éstas tienden a ser enunciadas desde una filosofía de la ternura y la comprensión, en base a características del niño pequeño, una infancia que debe ser introducida de a poco, sin violencias, sin excesiva severidad, en las reglas del mundo. Los lugares escolares que hoy llamaríamos “tradicionales” y que ya eran el paradigma de la enseñanza sistemática en su época, aparecen desdibujados, y teñidos de representaciones acerca de la maternidad y los roles de maestra-madre, muy presentes en el resto de la obra de Fröebel.
Tal vez por todo ello, por su carácter disruptivo respecto de las identidades escolares en el contexto de la época en que se produjo, la selección que el devenir histórico ha hecho de sus trabajos y el modo en que los usos hegemónicos han cooptado su propuesta, han dejado poco de su esencia en pié. Pero por el mismo motivo las pedagogías posteriores, sensibles a la pequeña gran revolución que convulsionaría las relaciones pedagógicas, han reconocido en Fröebel una semilla de su esencia.
Notas
(1) Hay que aclarar algo sobre el uso “libre” de los materiales. Las pedagogías posteriores, además de criticar a Fröebel por su “espiritualismo”, le adjudicaban un carácter dirigista. Por eso puede parecer extraño que aquí se califique de “relativamente libre”. No obstante, en comparación con los ideales pedagógicos precedentes, puede presumirse que así deben haberse percibido en su época.
(2) Invito a leer, en unos meses más, un libro que preparé íntegramente en base a estas ideas de contraste entre el juego y la clase: Brailovsky, D.: El juego y la clase: apuntes críticos sobre la enseñanza post-tradicional, Buenos Aires, Novedades Educativas, 2011, en prensa.
(3) A Rosarito, “maestra de la patria” le encantaban los dones, pero los criticaba por varios costados. Llegó a diseñar una versión mejorada, más popular y más argentina de estos materiales, a los que llamó “material verapeñaloziano”. Algo de esto está contado en: Brailovsky, D.: “De Patria, mujeres, geografía y kindergarten. Preguntas alrededor de Rosario Vera Peñaloza”, publicado en Antes de Ayerhttp://www.educared.org.ar/infanciaenred/Antesdeayer/files/RVPbrailovsky.pdf
(4) Ídem nota 1.
Bibliografía citada
  • Barenholtz-Buhlow: El niño y su naturaleza, Exposición de las doctrinas de Fröebel sobre la enseñanza, NY: Appleton, 1896 (traducción de Sara Eccleston)
  • Fröebel, F.: La educación del hombre, NY: Appleton, 1988
  • Vera Peñaloza, R. Y otras: El kindergarten en la Argentina, documento disponible en la Biblioteca Margarita Ravioli (IES Eccleston) Buenos Aires, 1894





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